¡El metro!
Llega el metro y
todo mundo se avalancha hacia su interior.
-¡Óigame qué le pasa, viejo
baboso!- dice la joven estudiante, preciosa y pequeña. El anciano no se despega
de ella, no deja de olerla mucho menos de devorarla con la mirada.
-¡Si
mira te vas a llevar a la venta el libro, libro que contiene… (cuentos, esquemas
anatómicos del cuerpo humano, reglas de ortografía, recetas de cocina, etc.)!
El
vendedor ambulante se pelea con su colega, el que vende los discos de música
clásica, rock mexicano, cumbias o salsas. Pa’
que me llamas, si dices que no habrá un mañana…: la bocina-mochila de este
es más fuerte que la vocecita del otro ambulante. El de los libros se baja y se
pasa al vagón de atrás o al de adelante; no sigue un orden, sólo le interesa
vender para ganarse una comisión y mantener a los tres pequeñines que lo
acompañan en el metro, ¡ah!, y para mantener también a la mujer que recoge las
ganancias en un vaso de plástico.
-Estimados
usuarios, disculpen la molestia que les venimos ocasionando. Nosotros nos
ganamos la vida cantando, no les venimos a chorear que venimos de un anexo o de
la cárcel. Nosotros somos artistas…- y todos los usuarios del metro se hacen
los que no oyen la música en vivo, se duermen de repente como una piedra. Nada
los despierta. Bueno, sí, únicamente cabeza del sujeto que va sentado al lado.
Uno, dos, tres cabezazos a los hombros y cualquier pasajero no permite otro
más. Se hacen de lado, contraatacan con los hombros, tosen fuerte para
despertar al dormido.
-Ejem!!
Me da permiso, bajo en esta…
El
pasaje llega al trabajo, a la escuela, a la casa, a su destino, frustrado,
violentado y hastiado de tanto contacto ajeno.
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